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1. Nace la Veeduría Ciudadana de Seguridad y Convivencia de Guasca | Un Paso Adelante para el Control Social y la ComunidadAviso previo. Escribo a título estrictamente personal. No represento aquí a ninguna veeduría ni comprometo posición institucional alguna. No me refiero a personas determinadas ni atribuyo responsabilidades a nadie. Lo hago constar porque es exactamente uno de los deberes de los que me voy a burlar más abajo.
Uno cree que ser veedor es un asunto de valentía.
No lo es. Es, sobre todo, un asunto de aguante social.
La Ley 850 de 2003 le dedica cuatro artículos al veedor como persona...el 18 fija sus impedimentos, el 19 sus prohibiciones, el 23 sus derechos y el 24 sus deberes. Leídos en frío parecen trámite. Leídos en un municipio de veredas, donde uno se encuentra en la plaza con todo el mundo, son otra cosa...son la descripción precisa de una vida incómoda.
Lo explico con el género literario más eficiente que ha producido este país.
PRIMERA PARTE: LOS COLMOS DE TODOS LOS DÍAS
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El colmo de un veedor es que lo primero que le pidan no sea coraje sino la prueba de que no es nada... ni contratista, ni proveedor, ni interventor, ni servidor público, ni pariente de ninguno de ellos. Empezar la vida pública jurando por lo que uno no es.
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El colmo es que en un municipio donde todos terminamos siendo primos de alguien, el impedimento más difícil de cumplir sea el del parentesco. Aquí el cuarto grado de consanguinidad no es una categoría jurídica... es la lista de invitados a un matrimonio.
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El colmo es que le esté prohibido recibir un peso por lo que hace, y que la pregunta que más veces le van a formular en dos años sea... «¿y a usted cuánto le están pagando por eso?».
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El colmo es que la ley le prohíba obtener provecho de su condición de veedor, y que el único provecho real que obtenga sea una lista lentamente creciente de personas que dejaron de saludarlo.
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El colmo es tener que saludar el domingo, en la plaza o en misa, al funcionario a quien el jueves le radicó un derecho de petición. Y tener que saludarlo bien. Y de primero.
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El colmo es no poder aceptar un almuerzo. No porque el almuerzo importe, sino porque en un pueblo el almuerzo nunca es solo un almuerzo, y eso lo sabe perfectamente quien invita.
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El colmo es que le lleven quejas por los perros sueltos, la basura, el hueco de la vía y el vecino de la música a todo volumen —y que su competencia sea la política pública de seguridad y convivencia. Explicar ochenta veces la palabra «competencia» y que la gente entienda «desinterés».
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El colmo es que tenga prohibido grabar a escondidas y entrar a zonas restringidas, es decir, exactamente las dos cosas que todo el mundo le pide que haga, y que le reclamen falta de carácter por no hacerlas.
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El colmo es que deba verificar antes de hablar, mientras el vecino que le trajo el chisme ya lo dio por probado, ya lo reenvió y espera que mañana salga la denuncia con nombre propio.
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El colmo es que no pueda llamar corrupto a nadie —no tiene competencia para calificar conductas— y que precisamente por eso lo llamen tibio los mismos que no firman nada.
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El colmo es que, al opinar en sus redes personales, tenga que advertir que habla a título personal... una advertencia que nadie lee, que todos citarán mal y que, aun así, hay que escribir siempre.
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El colmo es que en la asamblea tenga cinco minutos por intervención, máximo dos veces por punto, y dos días hábiles para dejar por escrito su salvamento de voto; mientras que para criticarlo en la tienda de la esquina no hay límite de tiempo, ni de turnos, ni de pruebas.
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El colmo es que su mayor riesgo no sea la administración municipal. Sea el vecino que lo busca sonriente para que la veeduría le cobre, por vía institucional, una pelea estrictamente personal.
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Y el colmo aparente de todos... que al cabo de dos años de reuniones, actas, peticiones, plazos y una que otra grosería en la calle, su recompensa consista en redactar él mismo el informe anual de gestión. Y publicarlo. Y que lo lean tres personas. Y que una de las tres sea la que lo va a criticar.
SEGUNDA PARTE: EL COLMO QUE NO ESTABA EN EL MANUAL
Hasta ahí, el chiste es cómodo. Todos los colmos anteriores apuntan hacia afuera... la administración, el vecino, el chisme, la ley. Hay otro que apunta hacia adentro, y es el que de verdad enseña algo.
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El colmo de un veedor es descubrir que el primer caso no estaba en la Alcaldía. Estaba sentado al lado de uno.
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El colmo es tener que explicar que una rampa de acceso no es un parqueadero, y que el contraargumento más contundente del otro lado sea: «es solo un momentico».
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El colmo es que «un momentico» sea exactamente el tiempo que necesita una persona en silla de ruedas para no poder pasar.
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El colmo es advertir una vez. Advertir dos. Advertir tres. En privado, sin acta, sin foto, sin público, ofreciendo todas las salidas decentes que existen.
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El colmo es que cuando uno hace por fin lo único que le queda —poner el hecho en conocimiento de la autoridad competente, sin calificar conductas ni pedir castigos— la conversación deje de ser sobre la rampa y pase a ser sobre uno.
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El colmo es que le digan que «se está metiendo con el trabajo de la gente», como si el control social consistiera en vigilar únicamente a quienes a uno le caen mal.
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Y el colmo de los colmos... entender que quien hace la vista gorda adentro pierde el derecho a preguntar afuera. Una veeduría que solo mira hacia arriba no es una veeduría... es una barra.
LO QUE EL CHISTE NO DICE
Todos esos colmos son ciertos. Pero el chiste tiene trampa, y conviene desarmarla antes de que alguien la use.
Cada uno de esos deberes incómodos existe porque alguien, en algún municipio de este país, hizo lo contrario. El veedor que cobró. El que usó el cargo para conseguirle un contrato al hijo. El que acusó sin pruebas y le arruinó el nombre a un funcionario honesto. El que se dejó prestar la veeduría para una pelea electoral. El que grabó a escondidas y perdió el caso porque la prueba era ilícita.
Los impedimentos y las prohibiciones no son una desconfianza contra el ciudadano. Son la memoria de los abusos que ya ocurrieron. Y son, sobre todo, la única protección real que tiene el veedor honesto... cuando lo acusen —y lo van a acusar— su defensa no va a ser su buena intención, va a ser que no aceptó nada, no cobró nada, no grabó nada y no afirmó nada que no pudiera probar.
Un veedor no tiene poder. Tiene reputación. Es su único capital y es un capital de un solo uso... se gasta entero la primera vez que afirma algo que resulta falso. Por eso la disciplina personal no es un accesorio del control social; es el control social. Lo demás —el acta, el radicado, el informe— es la forma que toma esa disciplina en el papel.
Y hay un costo del que casi nadie habla, porque no cabe en ningún artículo... la soledad de sostener una pregunta en un municipio pequeño. Preguntar cuesta amigos. Cuesta invitaciones. Cuesta que en algún momento a uno le digan, con la mejor intención del mundo, «déjese de eso, usted para qué se mete». Ese es el verdadero examen, y no lo toma la Personería.
EL MÉTODO, QUE SE APRENDE A LAS MALAS
La parte difícil del control social no es enfrentarse a la administración. La administración es un edificio... no le duele. La parte difícil es el día en que la falta la comete alguien del propio lado, y usted entiende que tiene dos opciones y que las dos cuestan.
Si calla, la organización entera queda contaminada... cualquier funcionario podrá responderle, con toda la razón del mundo, «arreglen primero lo suyo».
Si habla, le va a costar la relación, y va a aparecer el argumento de siempre... que usted tiene algo personal.
No hay tercera opción. Lo que sí hay es un método que reduce el daño y protege a todo el mundo, incluido aquel a quien se le advierte:
Primero: advertir en privado. Una, dos, las veces que hagan falta. Sin testigos, sin fotos, sin público. El objetivo es que la conducta cambie, no que alguien quede mal.
Segundo: si no cambia, escalar por escrito a quien tenga la competencia. Describiendo hechos y nunca personas. Sin pedir sanciones, sin calificar conductas, sin adjetivos.
Tercero: no responder por redes, no responder en la tienda, no responder al chisme. El radicado ya habla. Uno no.
Cuarto, y es el más difícil... aceptar que la coherencia no es una virtud decorativa del veedor. Es su único activo. El día que se gasta, ya no sirve para nada lo demás.
CONCLUSIÓN
El colmo de un veedor es que la ley le exija ser impecable para ejercer un oficio que no le paga, no le da autoridad y no le garantiza que le respondan. Visto así, es un mal negocio.
Y el colmo más incómodo es el otro... que esa exigencia de ser impecable no se suspende cuando la falta la comete alguien conocido, cercano o apreciado. Ahí es donde se sabe si una veeduría es un mecanismo de control social o simplemente un grupo de amigos con papelería.
Pero también es cierto lo que casi nunca se dice... en un municipio, la persona que pregunta bien, que anota con fecha, que no acepta nada, que advierte primero en privado y que no exagera nunca, termina teniendo una autoridad que ningún cargo otorga. No es poder. Es algo mucho más difícil de conseguir y mucho más difícil de quitar.
Si usted está pensando en ser veedor,
sepa muy bien en qué se está metiendo.
Y métase !!!

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