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"En la naturaleza
la larva devora a la araña por dentro;
en el Congreso,
el argumento devora al orador
desde la primera premisa."
La araña que no estaba en el libro
Anatomía de una intervención heroica en tres argumentos, una sentencia mal citada y un arácnido imaginario.
Introducción
Hay debates que uno cree perdidos hasta que alguien se levanta en el Senado a dictarnos, con voz temblorosa de emoción cívica, la clase de segundo de bachillerato que la República supuestamente no había tomado. El senador Ariel Ávila lo hizo. Anunció que nunca pensó que le tocaría, y acto seguido demostró por qué era mejor que no le tocara. Su intervención vino, según sus propias palabras, "en tres sentidos". Repasémoslos, porque los tres apuntan al mismo lugar: cualquier parte menos el problema.
Primer sentido: el pueblo soy yo.
El primer argumento arranca con una premisa conmovedora —el pueblo es soberano— y termina, dos frases después, en un rapto de modestia constitucional... "en una democracia representativa, el pueblo colombiano es el Congreso". Así, sin anestesia. Cincuenta millones de colombianos comprimidos, por arte de sinécdoque, en ciento ocho curules.
La Constitución dice que la soberanía reside en el pueblo, que la ejerce directamente o por medio de sus representantes; el senador prefirió la versión abreviada, donde el vaso se confunde con el agua y el mesero se declara el banquete.
Sobre esa base levanta un dilema "formidable"... o el presidente se posesiona ante el pueblo, o ante las fuerzas militares. El detalle es que nadie propuso lo segundo. La proposición que se tramita pide que el Congreso en pleno sesione en una guarnición y reciba allí el juramento —posesión ante el Congreso, con todos los legisladores presentes, tal como manda el artículo 192—. Cambia la dirección del sobre, no el destinatario. El senador descubrió un falso dilema y lo defendió con tanto ardor como si fuera verdadero. Es el equivalente parlamentario de indignarse porque la reunión se movió de salón.
Segundo sentido | la araña fantasma.
Aquí la pieza alcanza su clímax zoológico. Para probar que "los símbolos importan", el senador invoca —"para los que sabemos de ciencia política", aclara, no vaya a colarse un lego— el libro Cómo mueren las democracias, y de él extrae una imagen inolvidable... unas "larvas del sur de Asia" que se comen a la araña de adentro hacia afuera.
Dos problemas. Primero... esa imagen no figura entre las del libro, cuyos símbolos son bien otros —la fábula de Esopo del caballo y el cazador con la que abre, los "guardarraíles" de la democracia, los partidos como "guardianes"—. El arácnido parece de cosecha propia, con domicilio geográfico sospechosamente preciso. Y hay una ironía extra... teniendo el libro metáforas perfectas a la mano, el senador prefirió inventar un bicho exótico.
Segundo... y decisivo: el libro desarma su propia analogía. Su tesis central es que hoy las democracias ya no mueren por golpes militares con las armas —el modelo Argentina, Pinochet, Rojas Pinilla que él enumeró con solemnidad— sino a manos de líderes electos que erosionan las instituciones por vías legales. El senador citó, para agitar el fantasma del cuartelazo, justamente el libro que declara obsoleto el cuartelazo. Citar no es leer; a veces es haberle visto la portada con mucha convicción.
Tercer sentido | la desobediencia obediente.
El gran final. El senador anuncia que se declarará en desobediencia civil, y se blinda con la sentencia T-571 de 2008, que —dice— "nos da la posibilidad". Conviene leer lo que la sentencia efectivamente dice. La Corte define la desobediencia civil no como un derecho que a uno le regalan, sino como una forma excepcional de protesta que presupone la aceptación del orden institucional y no pretende subvertirlo, sino que se aplique bien.
Traduzcamos la hazaña: el senador cita una sentencia sobre aceptar las instituciones para justificar que no acatará una decisión adoptada por el propio Congreso, por procedimiento constitucional, por mayoría. La desobediencia civil clásica resiste una ley injusta; aquí no hay ley injusta que resistir, hay una votación que le disgusta. Y remata con la defensa institucional más audaz de la que se tenga registro: proteger al Congreso no yendo. Guardián heroico de una puerta que decide no cruzar.
Conclusión.
La intervención prometió una clase de democracia civilista y entregó, en cambio, un curso completo de cómo perder ganando... un falso dilema vestido de principio, una araña que no está en el libro que la avala, y una sentencia citada para hacer lo contrario de lo que ordena, todo coronado por la promesa de defender una institución desobedeciéndola.
Los símbolos importan, es cierto. Y el símbolo de esta intervención es una araña imaginaria devorando, de adentro hacia afuera, no a la democracia, sino al propio argumento que venía a salvarla.

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