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ANALIZANDO LA "ARGUMENTACION" DE UN COMERCIANTE DE GUASCA
Análisis de un testimonio
que circula estos días, pieza por pieza.
No para humillar a su autor,
sino para entender por qué
casi, casi, convence.
Introducción
Me llegó por redes un testimonio que vale la pena leer con calma. No es un trino de bodega ni un insulto de campaña.
Es un comerciante que explica, con sus propias palabras, por qué va a votar por Iván Cepeda este 21 de junio. Y lo explica mejor que buena parte de los voceros profesionales de su candidato. Por eso me interesa.
Se aprende más analizando a quien argumenta bien que burlándose de quien argumenta mal.
Voy a hacerle a este texto lo que hago con cualquier discurso. Analizarlo poco a poco con las herramientas de la Argumentación, es decir voy a separar lo que el argumento afirma de lo que realmente lo sostiene.
Lo hago con respeto por el autor —ya verán por qué se lo gana, y por eso no lo nombro— y con una intención clara. Mostrar dónde un argumento de voto se sostiene y en qué punto exacto deja de hacerlo.
Si usted vota Cepeda, esto le sirve para afinar sus razones.
«Soy comerciante desde hace 18 años y mi voto es por la coherencia según mi posición social y económica. Gracias a Gustavo Petro, las personas de mi pueblo con su aumento salarial de un 23% ahora ganan más y tienen más poder adquisitivo… La oposición del aumento, liderada por la entonces senadora Paloma Valencia y el exministro de Hacienda José Manuel Restrepo, decían que si lo aumentaban sería insostenible para la economía; Petro, en contra de todo, lo hizo por decreto y el salario fue un hecho… Por lo anterior mi voto es por Cepeda… pero si tú eres uno más del montón como lo soy yo… deberías evaluar tu realidad y argumentar más allá que ser un idiota… yo también quiero que se acabe la guerrilla y el narcotráfico, pero yo jamás voy a entregarle mi hijo a nadie para vestirlo de camuflado y darle, en vez de un lápiz, un fusil. Se acabó la política y las ofensas, y ojalá gane quien gane Colombia no pierda.»
EL ESQUELETO DEL ARGUMENTO
Todo argumento tiene una columna vertebral. La de este es limpia, y conviene verla desnuda antes de tocarla:
Tesis (lo que quiere probar): «mi voto es por Cepeda», justificado por una palabra —coherencia—, es decir, votar conforme a su lugar social y económico.
Datos (los hechos que pone sobre la mesa): es comerciante hace 18 años; el salario mínimo subió 23% y eso le dio más poder de compra a la gente de su pueblo; la oposición decía que el aumento era insostenible y Petro lo decretó igual; los estratos altos, que son el 18%, votan pensando en seguridad.
Garantía (el puente implícito que no enuncia, pero que carga todo el peso): uno debe votar según su interés de clase. Si una política me benefició a mí y a los míos, debo votar por quien la continúe.
Demos un paso atrás antes de criticar, porque esa garantía tiene fuerza y fingir que no la tiene sería deshonesto.
El voto por interés propio es legítimo y, además, sincero. El autor no se disfraza de altruista ni invoca a la patria abstracta: dice «voto por lo que me conviene a mí y a los míos», y lo dice de frente.
Eso, en una campaña llena de épica vacía, es un acto de honestidad que hay que reconocerle. La pregunta no es si tiene derecho a votar por su bolsillo —claro que lo tiene—, sino si los hechos que invoca realmente respaldan la conclusión a la que llega. Ahí empieza el trabajo fino.
DONDE EL DATO DEJA DE RESPALDAR LA CONCLUSIÓN
Empiezo por lo que muchos de mi orilla prefieren negar. El 23% es verdad. El salario mínimo de 2026 quedó en 1.750.905 pesos, y con el auxilio de transporte ronda los dos millones. No es un invento del comerciante ni una cifra inflada de propaganda. Quien salga a desmentir ese número se quema solo. El problema no es la cifra, es lo que el texto hace con ella.
Primero, ese 23% es nominal. El propio Gobierno reconoce que, descontada la inflación, el aumento real está alrededor del 18,7%. Sigue siendo alto —no lo voy a negar—, pero ya no es el 23% que deslumbra en el testimonio. La diferencia entre lo nominal y lo real es justamente la que separa «gano más pesos» de «compro más cosas», y es la que el texto omite.
Segundo, y más importante, el cálculo técnico que cruza inflación y productividad daba para 2026 un aumento cercano al 6%. El decreto se fue muy por encima de eso. Y aquí está el punto que el testimonio resuelve con una pirueta lógica.
Dice: «la oposición advertía que sería insostenible; Petro lo decretó igual y el salario fue un hecho». Léalo despacio, porque ahí hay una trampa.
Que algo se decrete no demuestra que sea sostenible. Son dos planos distintos.
Firmar un decreto es un acto de un día; la sostenibilidad —si ese costo se traslada a precios, si empuja a más gente a la informalidad, si encarece la contratación— se mide en los meses y años siguientes, no en la firma.
El comerciante presenta el hecho de que el salario subió como si refutara la advertencia de que subirlo así podía costar caro. No la refuta, simplemente cambió de tema. Los tecnicos no dijeron «no se puede firmar»; dijeron «firmar muy por encima de la productividad tiene consecuencias».
Esas consecuencias todavía se están contando.
LA CONTRADICCIÓN QUE UN COMERCIANTE NO PUEDE IGNORAR
Y aquí el testimonio se muerde la cola de una manera que su autor no parece haber notado.
Él es comerciante. Es decir, paga nómina. Ese mismo aumento del 23% que celebra como consumidor le subió, como empleador, el costo de cada trabajador a salario mínimo en más de 320.000 pesos mensuales.
Si tiene dos empleados, son más de seiscientos mil pesos al mes que antes no salían de su caja. El comerciante aplaude con una mano lo que le encarece la otra.
No digo que esté mal querer que su gente gane más; digo que un argumento de comerciante que ignora el lado de los costos está contando solo la mitad del libro contable. Y un comerciante de 18 años sabe que un libro contable a medias no cuadra.
LA SEGURIDAD NO ES UN LUJO DE ESTRATO 6
Este es, para mí, el punto donde el testimonio falla con más claridad, y se lo digo precisamente a él, de vecino a comerciante. El texto archiva la preocupación por la seguridad —secuestro, extorsión, grupos armados— como un asunto de los estratos 4, 5 y 6, ese «18%» que vive con miedo en sus conjuntos cerrados. Es un encuadre cómodo, pero está sociológicamente al revés.
La extorsión en Colombia no golpea principalmente al de estrato 6 detrás de su portería con cámaras.
Golpea al tendero, al de la papelería, al del taller, al transportador, al comerciante de pueblo que paga «la vacuna» para que lo dejen abrir. Golpea, con nombre y apellido, exactamente al oficio del autor. De toda la gente que él enumera con orgullo —el celador, la señora del manicure, el comerciante—, el comerciante es probablemente el más expuesto a la extorsión, no el menos.
Decir «la seguridad es tema de ricos» mientras se firma un testimonio como pequeño comerciante es regalarle al adversario el argumento más fuerte que uno tenía en la mano.
EL CIERRE, DOS TRAMPAS QUE SE MUERDEN LA COLA
El final del texto es donde la honestidad del autor cede ante la rabia de campaña, y vale la pena nombrar las dos jugadas con precisión, porque son las que más circulan en redes.
La primera es un ataque a la persona. Quien vota distinto es «un idiota que se pone la mano en la cabeza y dice firme por la patria sin saber por qué». Aquí hay una contradicción que se nota a simple vista. El texto exige «argumentar más allá» en la misma frase en que insulta. Pide razones y reparte calificativos. No se puede convocar al debate descalificando al que piensa distinto; eso no convence al indeciso, lo ofende y lo empuja al otro lado.
La segunda es un muñeco de paja, el recurso de inventarle al adversario una posición ridícula para derrotarla fácil: «yo jamás voy a entregarle mi hijo a nadie para vestirlo de camuflado y darle, en vez de un lápiz, un fusil». Es una imagen potente, emotiva, eficaz para un video. Pero nadie en esta campaña propone reclutar a los hijos de nadie. Querer mano firme contra el narcotráfico no es militarizar a los niños. El comerciante derrota con brillantez a un rival que no existe, y deja intacto al que sí está en la papeleta.
LO QUE SÍ HAY QUE RECONOCERLE
No quiero cerrar sin devolverle al autor lo que se ganó, porque un análisis que solo encuentra defectos es tan tramposo como el panfleto que solo encuentra virtudes. Tres cosas hace bien, y bien hechas:
Es coherente. Vota por su interés y lo dice sin rodeos. Concede, reconoce que la salud «debe tomarse en serio», es decir, admite una debilidad de su propio lado, algo que casi ningún vocero profesional se atreve a hacer. Y su dato de partida es cierto, el salario subió, y subió fuerte. El testimonio no falla por mentir. Falla por contar solo la mitad —la mitad agradable— y por rematar con dos golpes bajos que contradicen su propia invitación a razonar.
CONCLUSION
Termino donde él termina, porque en su última línea estamos de acuerdo: «ojalá gane quien gane, Colombia no pierda».
Esa frase es más sabia que todo el insulto que la precede. El 21 de junio cada quien votará por su coherencia, faltaba más. Pero coherencia no es repetir la mitad que nos conviene, es atreverse a mirar la factura completa. A este comerciante le sobra honestidad para empezar y le falta una columna de costos para terminar.
Ojalá la sume antes del domingo.
Estamos preparando una entrada a un comentario dirigido a mi...espérelo...¿Una amenaza entre lineas?
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